Recuerdo
Recuerdo vagamente una tarde gris, un aire pesado, ahogado, húmedo.
Recuerdo un banco de plaza despintado, solitario, abandonado a su suerte.
Recuerdo un llamado, una voz del otro lado del teléfono, apagada, aturdida, consumida.
Recuerdo un encuentro, una conversación, un destino.
¿Me quisiste? ¿Me amaste? ¿Me mentiste? ... ¿Importa?
El día que Cupido murió
El día que cupido murió tenías puesta una remera azul. Lo recuerdo bien porque adoraba verte de ese color y te la había regalado yo misma, con la excusa de alguna ocasión en la que se regala algo a un ser querido. Tenías, también, todas tus pecas alineadas correctamente en tu cara formando mi constelación favorita, esa que tantas veces dibujó mi mano acariciándote tiernamente. Lo que te habías olvidado era la sonrisa, pero nadie sabía donde, ni siquiera vos mismo. La habías extraviado quién sabe cuándo y con el tiempo la diste por perdida. Una lástima, tenías una sonrisa tan linda.
Aquella trágica tarde también habías olvidado tu amor, todo los recuerdos de las cosas que compartimos, todas las caricias que nos regalamos y todos los besos que nos robamos. ¿O los habrías perdido en los brazos de alguna otra mujer?
Te olvidaste de todo lo que te quise, perdiste todo lo que juntos construimos. Encerraste con llave a tu corazón y la tiraste lejos. Fuiste ocultándote detrás de cerrojos que nunca me dejaste abrir.
El día que cupido murió, sé que fue tu culpa, aunque quizás lo olvidaste, como tantas otras cosas importantes que preferiste borrar, tirar, dejar atrás.
Cupido agonizaba, rogaba de rodillas que recordaras lo bueno, todos los momentos que nos había regalado, pero vos preferiste no escucharlo. Él disparó todas sus flechas pero nada parecía afectarte, cada vez más encerrado en tus escudos para sentimientos. Cuando buscó en su mochila ya no quedaba nada, aunque en realidad no tenía sentido; podría haberte tirado con su propio arco que jamás lo hubieras notado porque también habías olvidado lo que era el dolor. Y así, mientras Cupido se retiraba, derrotado, lo atacaste desprevenido y por la espalda, como un cobarde, disparando tu filoso "ya no te quiero", hiriendolo de muerte.
El día que Cupido murió, te habías olvidado los buenos modales en el bolsillo de tu otro pantalón y le pisoteaste las alas mientras te alejabas de mí, abandonándome para siempre.