domingo, 10 de noviembre de 2013

Veintinueve

La suma de todos mis miedos e inseguridades,
triunfos y logros,
derrotas,
planes cumplidos, postergados e inconclusos.
Todo eso soy.

Casi sin darme cuenta, fue sucediendo.
Fui sucediendo. Voy sucediendo.
Cambio, muto. Todo el tiempo.
Me reinvento, voy y vuelvo.
Aprendo, me equivoco.
Repito errores y vuelvo a aprender.
Que está bien equivocarse de vez en cuando,
que no puedo ser todo lo perfecta que me gustaría ser.

Los estándares más altos del universo,
sin peldaños ni escaleras que me ayuden a alcanzarlos.
No puedo menos que exigirme lo imposible
y tratar de cumplirlo.
Me debo el esfuerzo de superarme,
de ser la mejor en lo que hago. Siempre.
No hay vacaciones, fines de semana ni feriados para la policía mental.

Aprender a quererme como soy, a cambiar lo que no me gusta.
Me descubro nuevas facetas constantemente
y lucho con y contra mis mañas a diario.
Evoluciono, crezco. Soy diminuta e inmensa en simultáneo.
Voy a contramano porque puedo, cuando puedo.

Cumplo sueños y metas. Algunas. Lo intento.
Otras las cambio, las amoldo a las posibilidades del hoy.
O las cajoneo para un mañana que promete más,
en el que tendré la fuerza necesaria
o el valor
para animarme a cambiarlo todo, una vez más.

Desconozco a todas aquellas que supe ser.
Me fui probando cada personaje que quise y pude,
como vestidos, una colección de diferentes yo
en los que nunca me sentí del todo cómoda.
Hasta hoy.
Y aunque a veces nostalgio los ayeres,
no los cambiaría por nada.
Cada paso que di, cada tropiezo,
cada piedra,
cada lágrima,
me traen hasta hoy.

Nadie me enseñó y aún así, acá estoy: haciendo paracaidismo emocional,
saltando sin redes al vértigo de cambiarlo todo,
de barajar y dar de nuevo la vida,
porque sí, porque por qué no.
Cambiar, de tierra, de pelo, de idioma, de carrera, de formas de ver el mundo
pero seguir siendo, esencialmente, siempre la misma.