viernes, 31 de agosto de 2007

· 25 años ·

25 años, todos juntos, le desbordan a Julia de los ojos. 25 años de rencores, 25 años de promesas y desengaños, de miedos y dudas y las suficientes batallas ganadas como para no sentirse del todo vulnerable. Pero eso no importa; no importa cuánto esfuerzo haga, los años exceden sus ojos y le inundan el escote del vestido.

El gesto despreocupado del señor de sombrero que pasó a su lado desmerece el asunto creyendo, erróneamente, que la razón del llanto es algún amor perdido. Julia no llora a ningún galán, los llora a todos al mismo tiempo, su corazón no es víctima de una pasión, sino de todas. Justamente por eso los ojos de Julia no pueden contener las lágrimas. Ella es incapaz de sentir, incapaz de querer, fría y ausente como el mármol de una tumba abandonada, Julia es la viva imagen de una mujer que no puede palpitar, que no sabe cómo.

Solloza, gime y masculla entre dientes, sonidos guturales imposibles de reproducir. Su lenguaje no es de este mundo, sino de otro en el que las palabras se vuelven impronunciables cuando el dolor nos desborda. Negros caminos atraviesan su rostro, el maquillaje se esfuma y con él, toda la fortaleza de Julia se cae a pedazos. Inerte, inmóvil, paralizada, exánime, aniquilada, indefensa, desprotegida y despojada. La última lágrima se pasea por el margen de su ojo derecho y en un instante Julia sabe, comprende, que ha llegado el fin. El murmullo de la ciudad dormida amortigua el débil sonido de su cuerpo sin vida golpeando el asfalto.