Como un helado viento del norte, me invade la certeza de saberme sola en esta tarde, y se cuela en mi ropa y me trepa la espalda como un escalofrío.
Podrán rodearme miles de brazos pero nunca será lo mismo. Y mil ojos se turnarán para mirarme pero nadie sabrá quien soy o por quien suspiro.
Mis palabras se perderán entre el ruido de los autos y esta ciudad no guardará recuerdos de mi paso una vez que me haya ido.
Hoy no soy parte de ningún pensamiento y no miento si digo que el cielo no llora por mi. Si me borrara del mapa, si me disolviera en el viento, nadie podría asegurar que me ha conocido.
No soy nada, nada tengo. El dolor se ha disuelto entre la sal de mis lágrimas y el sabor amargo de una idea huérfana y extraña. Así, sin más, llega mi olvido.
Y me fui, desaparezco. Y no dejo ni una sombra de la hoguera de sentidos que supe ser. Y me pierdo, para siempre, hasta nunca. Ya no queda ni un camino.